
Causan angustia, desazón y parece que no tienen solución posible. Sin embargo, queremos compartir con usted una serie de señales de alerta y recomendaciones que un grupo de profesionales nos brindó para observar a nuestros hijos con ojo clínico. Del diagnóstico precoz de estas dificultades, dependerá el desarrollo escolar de los pequeños.
El calendario mostró su hoja del mes de marzo, sonó el timbre de la primera hora y los chicos comenzaron las clases. Planchar los guardapolvos, armar las cartucheras y las mochilas y ponerle etiquetas a los cuadernos ya son tareas que quedaron atrás. Ahora, sí, empezó la acción. Mientras que para muchos padres, el inicio de las jomadas escolares es una suerte de alivio porque sus hijos vuelven a estar contenidos -y ocupados- después de los meses de vacaciones, para otros, comienzan los problemas.
Con diferentes matices y niveles de profundidad y complejidad que van variando según cada caso, las dificultades en el aprendizaje se presentan como una realidad cada vez más habitual entre los pequeños que pasan del preescolar a primer grado.
En general, son el indicio inicial de que algo le está pasando al chico, a la familia o a su entorno. Por eso, es importante consultar a tiempo para que los profesionales logren desentrañar cuál es, en verdad, la raíz del problema
En tanto la etapa del jardín de infantes está marcada por las actividades lúdicas, es decir, basadas en el juego como mctor de intercambio, la escolaridad, sus programas y las exigencias relacionadas, obligan a comprometer otro tipo de “dedicación”.
¿Es posible detectar en forma precoz si los chicos podrán tener problemas de aprendizaje? ¿Existen parámetros de comportamiento, por ejemplo, que nos señalen que algo no está bien con nuestros hijos antes de que la escolaridad se vuelva más compleja? ¿Cuáles serían los elementos clave a tener en cuenta?
Para poder analizar de cerca este tema y conectar nuestras antenas como padres, los especialistas consideran de vital importancia la observación de lo que llaman “marcadores”.
Por eso y desde un punto de vista biológico, lo que precede al proceso de la lectoescritura es el lenguaje. Los chicos comienzan a relacionarse con el mundo que los rodea a través de las palabras y, esa manera por la que incorporan el habla, permitirá predecir el modo en que se relacionarán con el proceso siguiente. Entonces, es probable que las mismas dificultades que se presenten en ese periodo inicial, de alguna manera se repetirán en el segundo. En la etapa comprendida entre los dos y los cuatro años, las actividades lúdicas son las que permitirán realizar esta evaluación previa de los pequeños. Cómo aprenden a relacionarse con otros niños; de qué manera juegan, hacen más complejo ese juego y cómo lo comparten con sus pares y la forma en que se concentran en determinadosele mentos son señales de atención. También es importante ver qué relación tienen con los objetos pensando en las cantidades. Un adecuado conteo, por ejemplo, permitirá evaluar cómo se manejarán, luego dentro del mundo de las matemáticas. Que puedan contar pelotas o cas sin saltearse ninguna, significará que relacionan el número objeto.
El aprendizaje de la geometría en tanto, encontrara su punto de partida según la manera en que los pe queños manejen tos espacios al jugar y en cómo logren coordinar sus movimientos dentro de esos espacios. Esto es lo que se llama motricidad fina y motricidad gruesa. Es probable que un niño extremadamente torpe al jugar(motricidad gruesa) tenga luego, problemas al escribir (motricidad fina).
En el área social, en tanto, las habilidades de los más chicos se demostrarán según se relacionen con los otros pequeños. Un chico que juega, que comparte y busca situaciones para jugar no es lo mismo que otro que pasa de la euforia a la tristeza muy rápidamente. En estos casos, se dan alteraciones en los estados de ánimo y suelen tener problemas en el lenguaje (tanto para hablarlo como para entenderlo).
El valor de los afectos
En nuestro medio, afirman los profesionales, muchos trastornos en el aprendizaje de los chicos están íntimamente relacionados con factores psicosociales y psicoculturales.
Aquí, nuevamente, el problema se conecta con las falencias afectivas y, además, con la falta de estimulación hacia el pequeño en las diferentes etapas de la vida. Algunos estudios realizados sobre el tema han confirmado que, aunque se trate de pequeños que provengan de hogares con serias dificultades económicas y a veces mal alimentados, si la oferta pedagógica es gratificante, adecuada y progresiva, estos chicos aprenden igual que los pequeños provenientes de hogares de clase media. La conclusión es que, para que un chico aprenda, tiene que tener un buen estado de ánimo.
Los trastornos
Según los parámetros de los especialistas, los trastornos que marcan el fracaso escolar se determinan cuando aparecen:
• Dislexia, problemas en la lectura (inversiones, sustituciones, separaciones o uniones inadecuadas de palabras, sintaxis incorrecta en la construcción de las frases y dificultad para comprender textos).
• Disgrafia, trastorno en la producción gráfica, es decir, en la escritura. Está muy relacionada a la dislexia en cuanto a los errores y puede estar unida, o no, a la discaligrafía o mala construcción del patrón motor de las letras.
• Discalculia, complicaciones en el cálculo matemático.
Aunque ya fuera de estos patrones, también existe lo que los profesionales han coincidido en definir como trastornos motores no verbales. Se trata de pequeños que hablan bien y pueden mantener un diálogo correcto, pero que tienen muchas dificultades para escribir y para comprender textos. En general son casos que llegan tarde a la consulta: recién en tercer o cuarto grad, cuando las tareas se hacen más complejas, comienzan a tener serios problemas.
El aprendizaje es un proceso de crecimiento puesto que es la disponibilidad que el individuo tiene para incorporar cosas nuevas. Esto significa complejizar los mecanismos de resolución de diferentes situaciones de la vida diaria. La forma en que un chico se relaciona con otro, el modo en que pide un deseo o muestra lo que sabe, serán mecanismos que se harán cada vez más complejos y que marcarán su crecimiento y maduración.
Los chicos aprenden a aprender. Muchos pequeños, en verdad, no tienen problemas de aprendizaje, la realidad es que nunca estuvieron expuestos a situaciones de aprendizaje.
A medida que se van organizando y estructurando, los niños consideran al aprendizaje un modo de vida. De ahí que la estimulación y la oferta sean factores decisivos, especialmente en los primeros años de vida.
Sin embargo y cuando presentan problemas biológicos y funcionales, ese proceso se vuelve algo fantasmagórico. Por eso, prefieren evadirlo y terminan teniendo problemas de conducta, no logran relacionarse con sus pares y entran en el grupo de los chicos con problemas de atención cuando, efectivamente, no esa la raíz del asunto.
El pediatra es la clave
Ante a aparición o la sospecha de que algunas de estas complicaciones están ensombreciendo las posibilidades de aprendizaje de los chicos, el primer paso es consultar al pediatra.
Conociendo al pequeño y a su familia y su entorno, será este profesional el primero en detectar el problema y en determinar los pasos a seguir. También será quien descarte otras complicaciones que puedan estar causando el atraso como, por ejemplo, una anemia o algún trastorno motor, visual o auditivo.
Superado este paso y habiendo descartado esas posibilidades, sí llegará el turno de la consulta con la psicopedagoga. En una segunda línea, puede suceder que el caso se derive a un neurólogo para que evalúe el cuadro. Pero, como se aclaró al principio, el primer filtro debe pasar por el diagnóstico del pediatra.
Desatentos e hiperactivos
Bajo la sigla TDAH, el Trastorno de Atención e Hiperactividad puede encerrar, en un 30 por ciento de los pequeños que lo padecen, problemas en el aprendizaje asociados. En este caso, se trata de un trastorno específico que se da, según explican los especialistas, en la “matriz atencional”. Por un lado, les cuesta mantener la atención durante un período de tiempo prolongado y, por el otro, no pueden inhibir los movimientos. No se trata de chicos que simplemente no atienden, sino que no prestan atención porque tampoco pueden dejar de moverse.
Se lo define como un trastorno biológico. El 30 por ciento de estos pequeños tienen TDAH puro, es decir que tienen to de atención con o sin inquietud. El 70 por ciento restante, están combinados con problemas psiquiátricos (ansiedad asociada, conductas desafiantes, trastornos de los estados de ánimo, impulsividad) y, cuando llegan a púberes sin el tratamiento adecuado pueden tener complicaciones sociales (alcoholismo, dro-gadicción, violencia). Este tipo de enfermedad requiere de un diagnóstico muy específico e interdisciplinario, con intervención del pediatra, el neurólogo, la psicopedagoga, la fonoaudióloga, el psiquiatra y la maestra.
El TDAH, a diferencia de los otros trastornos de aprendizaje mencionados que no se tratan con medicamentos, requiere de drogas psicoestimulantes. La medicación, aunque suele despertar polémicas, es necesaria y da excelentes resultados. La clave, en este punto, es un correcto diagnóstico clínico de la enfermedad realizado por el grupo de profesionales.
La violencia se aprende
“La agresividad y la violencia llegaron a la escuela”, describen con brutalidad los titulares de los diarios y de los informativos. Es que, las situaciones de conflicto, muchas veces contenidas, generan explosiones en los ambientes menos esperados. La educación, lamentablemente, no escapa a esta realidad.
Según describen los especialistas, son muy pocos los casos en los que la violencia es inherente a la personalidad del individuo. El concepto de que las personas pueden ser genéticamente violentas, no es real.
Por el contrario, la violencia es aprendida y los chicos incorporan esa agresividad en función de los escenarios agresivos en los que se mueven.
Es de esperar que el niño violento que reproduce en la escuela esos códigos de violencia, va a tener problemas en el aprendizaje porque, lamentablemente, la situación placentera que representa el incorporar nuevas cosas, no va a estar presente en él. Sin embargo, también suele ocurrir que los pequeños que viven en este tipo de ambientes, se encierren en sí mismos, como una manera de defensa. La agresividad, a veces, funciona como un secreto compartido en el seno familiar. Esto conlleva, tristemente, problemas para aprender.