Operación de papada: riesgos reales que debes conocer

La operación de papada suena simple, rápida, casi sin historia... hasta que una empieza a leer sobre sus riesgos y le cambia el cuerpo. No es solo un tema de estética: es una decisión íntima que toca la autoestima, el miedo, la culpa y esa necesidad silenciosa de agradar. Nadie habla de eso en los catálogos médicos. Pero está.
La presión silenciosa de tener que gustar siempre
Hay algo que no se dice, pero que flota en cada comentario, cada foto retocada y cada consejo disfrazado de “cuidado personal”: se espera que las mujeres gustemos. Que nos veamos bien desde cualquier ángulo, que no tengamos pliegues, ni piel sobrante, ni signos de haber vivido. Y ahí, justo ahí, es donde empieza la guerra con la papada. No porque moleste físicamente, sino porque estéticamente se convirtió en símbolo de descuido, de vejez o de “dejarse estar”.
La papada, en muchos casos, no es más que una acumulación genética de grasa o un cambio natural con los años. Pero la industria de la belleza se encargó de volverla un “problema” que se puede —y casi se debe— resolver. Y cuando algo se etiqueta como un defecto, el cuerpo ya no se mira igual. Se examina. Se juzga. Se esconde. Y ahí es donde empieza el deseo de quitarla. No siempre por gusto personal, sino por ese mandato invisible de ser atractiva, de cumplir con un estándar que cambia todo el tiempo, pero que siempre exige más.
Muchas mujeres que se plantean una operación de papada no lo hacen porque esa zona les cause molestias reales, sino por una especie de deuda estética con el mundo. Como si tener papada fuera sinónimo de no cuidarse, de no estar “a la altura”. Y lo más peligroso de esa presión es que viene envuelta en halagos o supuestas preocupaciones, cuando en realidad es una exigencia social maquillada de cortesía.
¿Cómo es la operación de papada en realidad?
La operación de papada, técnicamente conocida como liposucción submental o cirugía del cuello, consiste en eliminar el exceso de grasa acumulada bajo el mentón para definir mejor el contorno facial. Dependiendo del caso, puede implicar también la eliminación de piel sobrante o la tensión de los músculos del cuello. Aunque muchas clínicas la promocionan como un procedimiento sencillo y ambulatorio, la realidad es que sigue siendo una cirugía, con todo lo que eso implica.
No basta con una visita al quirófano de media hora. Antes hay estudios, evaluaciones, decisiones médicas y sobre todo, expectativas personales que deben ser revisadas a conciencia. Se utiliza anestesia —local o general, según la complejidad— y el postoperatorio requiere cuidados específicos: vendajes compresivos, reposo, control del dolor y del proceso inflamatorio. Los resultados no se ven de inmediato; pueden tardar semanas en estabilizarse, y durante ese tiempo, el rostro puede pasar por etapas que muchas prefieren no mostrar.
Además, no todas las papadas responden igual al procedimiento. Hay mujeres que requieren solo extracción de grasa, pero otras necesitan que se retire piel y se reacomoden tejidos. Y ahí es donde se encarece, se complejiza y aumenta también la probabilidad de secuelas. Pensar que es algo simple porque aparece como “retoque” en Instagram o en TikTok es minimizar tanto el cuerpo como la experiencia emocional que supone cualquier intervención estética.
Riesgos físicos, emocionales y silenciosos
Los riesgos físicos de la operación de papada no suelen mencionarse en los catálogos publicitarios. Infecciones, hematomas, asimetrías, pérdida de sensibilidad en la zona, fibrosis o resultados insatisfactorios son algunos de los efectos adversos que pueden aparecer incluso cuando la cirugía es realizada por un profesional capacitado. Y aunque en muchos casos los efectos son leves o reversibles, en otros dejan huellas que no se ven... pero se sienten.
Pero más allá de los riesgos médicos, están los emocionales, que rara vez se contemplan. Muchas mujeres atraviesan una especie de “shock postoperatorio”, donde el cuerpo cambia más rápido que la mente, y la imagen en el espejo no termina de coincidir con la identidad. Aparecen dudas, inseguridades nuevas, culpa por no sentirse felices con el resultado, o por haberlo hecho en primer lugar. Algunas callan esos sentimientos por vergüenza, como si no estuviera permitido arrepentirse de una decisión “estética”.
Y después están los riesgos más silenciosos. Esos que no aparecen en los consentimientos informados ni en las fichas médicas: el riesgo de volverse adicta a los cambios, de no reconocerse, de seguir operando partes del cuerpo que, en el fondo, nunca estuvieron rotas. Cuando el problema no es la papada, sino la mirada con la que una se observa, ninguna cirugía va a ser suficiente. Y eso es algo que duele más que cualquier bisturí.
La papada no es el problema: lo que nos enseñaron a odiar
Durante años, la papada fue el blanco perfecto de bromas, retoques y filtros. Y como tantas otras zonas del cuerpo femenino, se volvió un símbolo de lo “antiestético”, una falla que supuestamente debía corregirse. Pero ¿quién decide eso? ¿Desde cuándo tener un pliegue bajo el mentón es una amenaza? El problema no es la papada, es el modelo único de belleza que nos vendieron como si fuera una ley natural.
Desde pequeñas, aprendimos a mirar nuestro cuerpo con lupa. No como un hogar, sino como un objeto que debe agradar, encajar, mejorar. Y si no lo hace, entonces se arregla, se esconde o se opera. No porque una lo desee con libertad, sino porque una aprende a desearlo para no sentirse fuera. Para no ser la que “se descuidó”, la que “no se arregla”, la que “se dejó estar”.
Desaprender esa mirada lleva tiempo. Implica dejar de creer que todo lo que nos incomoda debe eliminarse. A veces la papada molesta, sí. Pero muchas veces lo que de verdad pesa es la presión de tener que gustar desde todos los ángulos. Porque incluso si la papada desaparece, el juicio interno no siempre se va con ella. Por eso, antes de buscar una solución quirúrgica, vale la pena preguntarse de verdad: ¿estás buscando cambiar tu rostro... o tu relación con él?
Elegir con conciencia: más allá del espejo y del bisturí
No hay una única respuesta. Hay mujeres que se operan y se sienten liberadas, otras que lo hacen y se arrepienten. Algunas que nunca lo considerarían, y otras que sueñan con hacerlo desde hace años. Todas las decisiones son válidas, siempre que se tomen con conciencia plena, no desde el impulso ni desde el miedo. Porque el cuerpo no es una urgencia, y mucho menos una deuda.
Si vas a tomar la decisión de hacerte una operación de papada, que no sea para encajar, ni para complacer a nadie, ni por esa vocecita que repite que “así te verías mejor”. Que sea porque tú, sinceramente, lo has pensado, sentido y elegido. Sabiendo que los riesgos existen, que la belleza no garantiza paz mental, y que ninguna cirugía reemplaza el trabajo profundo de reconciliarse con una misma.
El espejo puede ser cruel, sí. Pero también puede volverse un aliado. Todo depende de la mirada con la que lo uses. Tal vez no se trata de eliminar la papada, sino de dejar de verla como un enemigo. Y si aún así decides operarte, que sea desde el amor, no desde el castigo.

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